CAPITULO XV. LOS DETALLES QUE FALTARON POR CONTAR.
Luego de haber derrotado a
los piratas con ayuda de los indios y la estampida de los toros y las vacas,
José Antonio y su milicia tuvieron que capturar a los toros que quedaron
sueltos por toda la playa, y algunos se metieron en la ciudad. Los valerosos toros,
habían arroyado con garbo a los piratas y les habían causado la huida inmediata
hasta el río manzanares, donde pudieron escapar a sus barcos luego de pasar de
nuevo a playa Lipe.
Mientras tanto, los toros
continuaban dando tumbos por todas partes, y envistiendo a todo el que se le
acercara. Los indios y varios hombres comenzaron a enlazarlos y a amarrarlos a
los árboles.
Los toros y las vacas por
orden de José Antonio fueron trasladados desde la hacienda de José Antonio, por
los indios que trabajaban en su hacienda, arriados con mucho cuidado hasta
llegar a la playa de Santa Marta. No era una labor fácil, y es más, eran como
treinta animales, pero en el camino se perdieron como diez que se escaparon,
pero los indios sabían que estaban contra el tiempo, y Hortensio que era el que
los guiaba, los apuraba a todo momento. Duraron una hora y media para llegar a
la playa, y llegaron justo a tiempo.
Hortensio también alcanzó a
solicitarle ayuda a un indio que iba a trabajar a la hacienda de José Antonio,
solicitándole que llevara a los guerreros de su tribu para que ayudaran a los
blancos contra los piratas. La tribu que hace rato iba y trabajaba en la
hacienda de José Antonio, y que recibían comida a cambio de trabajo, al
escuchar que era José Antonio el que estaba en peligro, se reunieron, agarraron
sus armas y sus flechas y salieron en su ayuda. Se alcanzaron a reunir casi
unos 40 indios con flechas, en las que usaban un veneno para matar animales.
Los indios iban corriendo y pronto alcanzaron a Hortensio que iba un poco más
lento con otro grupo de 10 indios arriando al ganado.
Al llegar a la playa, vieron
cómo los piratas cargaban corriendo y gritando hacia el fuerte, de donde los
mercenarios lanzaban piedras con sus hondas. Los piratas ya no tenían más
municiones tampoco, pues luego de cinco cargas, ya habían agotado su pólvora.
Cuando los piratas estaban a
cuatro metros de la muralla, los 40 indios comenzaron a disparar, y Hortensio
azuzó a los toros, entre ellos a uno llamado Sultán, al que todos le tenían
mucho respeto, porque era un toro muy bravo. Al toro lo tenían vendado desde la
hacienda y lo llevaban amarrado con mucha cautela. Cuando le quitaron la venda
y el toro vio a esos piratas gritando y corriendo se enfureció, además que vio
a más de uno con pantalón rojo, y con más razón los envistió.
Los piratas no estaban
preparados para enfrentar ni a las flechas envenenadas, que mataron a varios,
ni a los toros. El veneno causaba primero mareo y luego se desmayaban, y en el
desmayo, los toros y las vacas le pasaron por encima aplastándolos. Otros terminaban
con el corazón paralizado. Las vacas a pesar de ser más pequeñas que los toros,
cuando son bravas y envisten son más peligrosas, porque el toro baja la cabeza
y enviste, perdiendo de vista el objetivo, mientras que la vaca enviste de
frente y sigue viendo. Así que los piratas sin municiones, cansados, y sin
estar acostumbrados al toreo como los españoles, fueron presa fácil de la
estampida. Y el que lograba huir de las vacas y los toros, quedaba a merced de
las piedras o de las flechas. Habían más de 100 piratas muertos en la
playa. Y los toros y las vacas habían
empujado a un gran grupo de piratas contra el río y contra el mar. Al ver que
la turba pirata estaba dispersa y que no había forma de organizar un ataque
entre los toros, las flechas de los indios y los muros del fuerte, el jefe
pirata, muy a su pesar ordenó la retirada. Cuando solo la mitad de los piratas
llegaron a playa Lipe, muchos de ellos, heridos, aporreados, y otros sufriendo
los efectos del veneno, el jefe pirata les preguntó si querían volver a atacar
en la noche, y los piratas cansados, golpeados, y hambrientos, se negaron a
seguir con el ataque, y prefirieron irse con las manos vacías, y se sintieron
afortunados de aún estar con vida. El jefe pirata dijo que nunca había visto
unos defensores tan recursivos.
Esa tarde, José Antonio con
varios indios agruparon a los toros y las vacas y los arriaron a la hacienda a
los potreros. Por su parte, los soldados de la vieja guardia con los
milicianos, les tocó el trabajo sucio de limpiar las playas de los muertos, hicieron
una fogata enorme, y quemaron todos los muertos para evitar enfermedades.
Por su parte, cuando José
Antonio llegó con todos los toros y vacas a la hacienda, fue recibido por
Priscila, Victoria, Ana, su suegra y sus cuñadas. Priscila abrazó a su esposo,
y lloraba, las mujeres no sabían nada de la batalla, desde que Victoria llegó a
la hacienda y les contó cómo estaban las cosas, hasta donde ella vio. Priscila
no paraba de llorar, el embarazo no le ayudaba mucho a calmar sus emociones.
Estuvieron a muy poco de perder la batalla, y también de perder la vida, y
quién sabe que hubiesen hecho esos piratas si después de matar a todos los
valientes guerreros. Ese era el pensamiento de todos los defensores del fuerte
de San Juan, y que José Antonio les había dicho, siempre cada vez que le
preguntaba Manolo ¿Qué vamos a hacer? José Antonio le respondía: defender la
ciudad, de cierto, lo que más se le cruzaba en la cabeza era su esposa y el
bebé que venía en camino. No podía desfallecer, no podía perder, y mucho menos
en ese momento.
Priscila cuando se calmó un
poco, fue y ayudó a José Antonio a bañarse y a lavarse, pues estaba todo lleno
de arena y pólvora. Luego salió otra vez a la sala, donde lo esperaban todas
las mujeres, para que les contara los pormenores de la batalla.
Al día siguiente, llegó la
zabra de Cartagena que capitaneaba Antonio Velásquez, con más pólvora, maíz y
otras mercancías. Dijo que en Cartagena nunca se enteró de que Santa Marta
estaba siendo atacada por piratas. Fue de inmediato a ver a su esposa y a sus
hijas, que estaban en la hacienda Calderón bien asustadas.
Los Lobo llegaron al día
siguiente, se habían ido para un pueblo más allá de Mamatoco a esconderse,
esperando noticias de cómo había quedado Santa Marta. Nunca pensaron que la
milicia de 50 hombres, hubiese podido resistir a 250 piratas. Y menos cuando tenían
la mitad de pólvora, gracias a ellos. No pensaron que los iban a delatar, así
que cuando un indio llegó al pueblo, y dio las noticias de que los piratas
habían sido vencidos, los Lobo decidieron retornar. Lo primero que hicieron fue
buscar a los dos milicianos a los que les habían pagado para que robaran la
pólvora de los fuertes y mezclaran las que quedaban con arena, pero no lograron
contactarlos. Ya habían delatado lo que habían hecho en el cuartel a sus
compañeros. Los de la vieja guardia los apresaron y los aislaron. Cuando los
Lobo preguntaron por ellos, no dejaron que hablaran entre sí, y llamaron a José
Antonio, pero éste no acudió, quería descansar un poco con su familia, y se
negó a acudir. Así que le contaron a Manolo, lo que estaba pasando, y este a su
vez, fue por José Antonio, quién al escuchar, enseguida se fue para el cuartel
a interrogar a los milicianos. Se enojó mucho con ellos, y ordenó que los
mantuvieran encerrados hasta que llegara su tío de Riohacha. Tomó a un grupo de
20 hombres y se dirigió a la taberna.
Abelardito: Mira Calderón, de
verdad busca en otro lado, nosotros acabamos de llegar y no hemos hecho nada.
José Antonio: Señor
Abelardito, como siempre es un disgusto saludarlo. ¿Quiere venir por la buenas
o como siempre por las malas?
El padre también salió de la
taberna.
Abelardo: Señor Calderón ¿qué
ocurre ahora?
José Antonio: Señor Lobo,
vengo a arrestarlo a usted y a su hijo.
Abelardo: ¿Y ahora qué
hicimos? No me diga que ahora somos culpables del ataque pirata.
José Antonio: No señor Lobo,
no hay pruebas de eso, pero sí tengo pruebas de que usted saboteó a la fuerza
española que estaba protegiendo esta ciudad, robándole la pólvora y vertiendo
arena en su reemplazo, como bien lo han confesado dos de los milicianos a los
cuales usted les pagó para hacer ese trabajo sucio.
Abelardito: Pero por favor
señor Calderón… si es que ahora nosotros los Lobo somos culpables de todo lo
que pasa en Santa Marta, si llueve es culpa de nosotros, si el río suena es
culpa de nosotros, ¿hasta dónde vamos a llegar con esto? Esto es una persecución
en contra de los miembros de esta familia… nunca en mi vida había estado en la
cárcel y ahora en menos de un mes, ya ni me acuerdo cuantas veces me han
arrestado.
Uno de los rufianes que
estaban con los Lobo dijo: ya estoy harto de esto. Sí, ellos robaron la pólvora
de los fuertes, la pólvora está en las bodegas de la taberna, yo mismo las
guardé ahí.
Un silencio incómodo de un
minuto, y José Antonio dio la orden de arrestarlos, y a su vez de buscar en las
bodegas la pólvora, donde efectivamente fue encontrada. Esta vez el arresto se
produjo sin ninguna resistencia, los rufianes se apartaron y dejaron que los
milicianos agarraran a los Lobo, quienes trataron de correr, pero fueron
apresados. José Antonio ordenó que los encerraran hasta que llegara su tío.
José Joaquín que llegó al día
siguiente, llegaba cansado de sus travesías por Riohacha y Palomino. En
Palomino tuvo que sortear una emboscada que le habían preparado varios mineros,
quienes se habían aliado con tres soldados que habían desertado del grupo que
vino con José Joaquín desde Cádiz. Los tres hombres, habían averiguado donde se
encontraban las minas de oro el mismo día que llegaron a Santa Marta y
decidieron desertar e ir por el oro. Cuando llegaron a Palomino y descubrieron
las minas, aprovechando su fuerza y su experiencia militar, doblegaron a los
mineros y los sometieron a través de amenazas. Habían explotado a los pueblos
que quedaban cerca y se habían apropiado de gran parte del oro que sacaban de
las minas.
José Joaquín había sido
informado de eso, y procedió con cautela, cuando decidió desembarcar en las
lanchas, decidió bajar con 30 soldados fuertemente armados, y llegar a la mina,
que sorprendentemente estaba vacía, pero de sorpresa salieron varios hombres
que dispararon sus arcabuces, matando a dos soldados, pero cuando la tropa
reaccionó, los asaltantes se rindieron luego de haber sufrido 10 bajas. Los
soldados apresaron a los desertores a quiénes fueron encontrando poco a poco en
diferentes fincas y casas, a los que José Joaquín dio la orden de fusilarlos.
José Joaquín les confiscó el oro que habían acumulado, y organizó nuevamente el
pueblo, con lo cual volvió la calma.
Cinco días después llegó por
mar a Riohacha, que estaba siendo gobernada por un regente, que contrabandeaba
y robaba las perlas que del mar se sacaban. Los pescadores de perlas, eran
esclavos africanos que eran obligados a buscar bajo el agua perlas con el gran
riesgo de ahogarse. El negocio de las perlas estaba siendo controlado por unos
rufianes, que aprovechaban para enriquecerse ante la falta de autoridad en la
ciudad.
José Joaquín llegó a Riohacha
y se reunió durante 10 días con los habitantes de la zona para recaudar la
información y las pruebas. Cuando varios habitantes acudieron a él y delataron
al regente, y a los rufianes que controlaban la extracción de perlas en
Riohacha, fue al edificio municipal, arrestó y destituyó al regente, y luego
ordenó que capturaran a los rufianes, donde se encontró nuevamente a dos
soldados desertores que habían viajado con él desde Cádiz, a los que también
ordenó fusilar.
Luego nombró a otro regente,
al señor Javier Celedón, un criollo respetado en Riohacha, y a quién todo el
mundo le tenía en buena estima. A éste le encargo la organización
administrativa de Riohacha, y de la explotación de las perlas. Así se decidió
suspender la explotación inmisericorde de estos recursos, y se buscó un método
en el cual, funcionara como un cultivo, permitiendo la reproducción de los
crustáceos, evitando así su extinción, y por tanto, la destrucción de estos
recursos por su sobre explotación.
José Joaquín también donó
unos tres cañones y dio 1000 ducados para la reconstrucción y adecuación del
fuerte San Jorge que protegía las playas de Riohacha de los piratas.
Luego de un mes por fuera, y
cansado, José Joaquín se embarcó nuevamente en el Galeón San Rafael, rumbo a
Santa Marta, sin enterarse que su nuevo hogar estuvo en grave peligro por el
ataque de piratas.
Al llegar a Santa Marta fue
recibido por Manolo y por Antonio Velásquez, quienes le contaron lo que había
ocurrido. El gran miedo de José Joaquín era dejar desprotegida a Santa Marta,
donde vivía toda su familia en ese momento. Al escuchar lo que habían hecho los
Lobo, dio la orden de que los fusilaran de inmediato, por traición a la Corona
española. Orden que se cumplió al día
siguiente.
Cuando llegó a la hacienda
Calderón, sintió la felicidad de haber llegado a su hogar, y de encontrar a su
familia a salvo. Abrazó a su esposa y a su hija Victoria, y claro también a su
nueva hija Ana. Cuando vio a José Antonio, lloró de orgullo.
José Joaquín: Yo sabía… Yo
sabía… que para algo tenías que servir condenado… Mírate en el gran hombre que
te has convertido, ojalá tu madre estuviera aquí para verte.
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