martes, 14 de abril de 2020

CAPITULO III: LA HERENCIA GITANA


CAPITULO III: LA HERENCIA GITANA

 

 

María Lorena, la madre de José Antonio, cuando aún éste era muy pequeño, le solicitó a su esposo que contratara a una criada para que la ayudara en las labores de la casa y sobre todo con los niños. Antonio accedió y una noche trajo a una jovencita de 15 años, de piel bronceada para que ayudara a su mujer en las labores de la casa, llamada Carmiña. Lo que no sabían los esposos, es que esta mujer provenía de una familia gitana. Por esa época, el imperio español había declarado una cruzada en contra de los gitanos, y la persecución de los grupos de gitanos era despiadada. Una anciana se la ofreció a Antonio en el mercado, y le dijo que trabajaría sólo por alojamiento y comida, y Antonio decidió hacerse cargo de ella para darle gusto a su esposa.

José Antonio tenía unos tres años de edad cuando la joven llegó a la casa, y pronto se convirtió en el niño más mimado de la joven, quién en secreto le cantaba trovas gitanas para dormirlo. Al niño le encantaba, se reía, se tranquilizaba y se dormía. Con ternura la gitana lo consentía con sus cantos, y a través de ellos, le contaba historias. En las noches de tormenta en Cádiz, la mujer acallaba a los truenos con cánticos e historias para los niños. La gitana no quería que sus patronos supieran de su origen, por temor a ser expuesta a las autoridades, o a que ellos mismos la devolvieran a las calles, y por eso, frente a los padres, la mujer contaba historias, pero sus cantos si los hacía a espaldas de ellos.

De poco a poco le iba tomando mucho cariño a los niños, y ellos a ella. Una vez casi fue descubierta, pues José Antonio comenzó a cantar mientras jugaba con ritmo gitano, despertando la extrañeza de su padre Antonio, quién al oír el canto, dijo sorprendido: “Quién está cantando esa lisonja gitana” y cuando vio que era José Antonio, se llevó las manos a la cabeza y dijo: “¿Qué mal te he hecho chaval para que ahora me cantes como gitano?”

Antonio: María, María ….

María Lorena: ¿Qué pasa Antonio?

 

 

 

Antonio: Ese chaval nos va a meter en problemas con el Rey. ¿Por qué coño está cantando como gitano?

María Lorena: Pero Antonio ¿De qué hablas?

Antonio: Ah. ¿No me crees? A ver chaval canta otra vez.

José Antonio: Aaaaaa eeeeee iiiiii eeeee ……

María Lorena: ¡Válgame Dios¡ y lo hace hasta bien el condenado.

Antonio: Lo ves, nada más hace falta que baile y toque la pandereta, y en unos años nos leerá la mano y quién sabe que más triquiñuelas terminará haciendo. María ¡por Dios¡ ¿Cómo es que este niño ha salido tan descarrilado?

María Lorena: ¡Ya cállate Antonio¡ deja de decir tantas barbaridades, que herencia tiene, porque mi bisabuelo era gitano.

Antonio: Ah, ya con razón, ¿Y puedes decirme cómo este niño conoció a tu bisabuelo para que le enseñara a cantar así? Porque yo no lo pude conocer.

María Lorena: ¡Antonio que te calles¡ ¡Pero de verdad, ¡qué raro¡ ¿dónde habrá aprendido esa canción? Si ningún gitano frecuenta esta casa, y los gitanos que se ven, se encuentran en la calle y ya no se exhiben mucho por temor a las autoridades. No creo que José Antonio haya visto cantar a un gitano en la calle.

Antonio: ¡No se hable más¡ Corrige ya a ese muchacho, no lo quiero oír cantar más como gitano, ni a ninguno de mis hijos tampoco. Enséñale un pasodoble por lo menos.

María Lorena: ¡Antonio¡ ¿pero de dónde voy a sacar yo para enseñarle un paso doble? ¡De verdad que estás loco¡  A ver José Antonio, ¿quién te ha enseñado esa canción?

José Antonio miró a Carmiña, y dijo: ¡Pues me ha salido del corazón mamá¡

María Lorena: ¡Ah caramba¡ Qué respuesta más romántica José Antonio, pero mira hijo mío, que desafortunadamente no puedes cantar así, hay mucha gente que odia a los gitanos y te puede hacer daño, si te confunde con alguno.

José Antonio: Mamá... ¡pero cómo hace uno para callar el corazón¡

María Lorena: Pero ándale hijo mío que estás muy romántico, ¡parece que estuvieras enamorao¡

José Antonio: Pues no sé qué es estar enamorado mamá, creo que estoy pequeño todavía para ello, además... no conozco muchas mujeres... pero lo que no entiendo es ¿por qué no puedo cantar?

María Lorena: Claro que puedes cantar mi encantador hijo... solo que no puedes cantar como gitano, porque nos puedes meter en un problema a mí y a tu papá.

José Antonio: Por tí haré callar mi corazón, por mi papá ... no tanto. Además, que es muy gracioso hacerlo enojar.

María Lorena: José Antonio no seas tan malo con tu padre.

José Antonio: Mamá, pero es que mi papá es muy regañón.

María Lorena: Sí, es bastante gruñón, pero en el fondo tiene un corazón muy grande.

 

 

 

* * * * * * * * * *

 

 

 

En una ocasión Carmiña le contó la historia a José Antonio de un gitano que por las noches se subía por los tejados de las casas de Cádiz a cantar, y que, en una ocasión, escuchó que una mujer lo llamaba desde una ventana. El se acercó y saludó a la señorita con gallardía. La señorita le pidió que le cantara una canción, y él se la cantó. Al terminar ella sonrió y le dio gracias, tomó una flor y se la lanzó al gitano para agradecerle, luego cerró la ventana. El gitano tomó la flor, la olió y se la metió en el bolsillo. Al día siguiente volvió al mismo tejado, cantó una canción, y la señorita abrió nuevamente la ventana para escucharlo, y nuevamente le agradeció lanzándole una flor.

Al día siguiente, el gitano volvió a cantarle a la señorita en su ventana, y le volvieron a lanzar una flor. Sin embargo, esa noche, cuando se iba para su casa, otra voz de mujer lo llamó desde otra ventana, también le pidió una canción, y también le cantó.

El gitano comenzó a cantarle a varias mujeres, que desde sus ventanas le pedían canciones, y él les cantaba a cada una, y a cambio recibía flores y pañuelos. Así conoció a muchas mujeres que le sonreían cuando él les cantaba alguna canción, sin embargo, todas las noches, siempre comenzaba con la primera mujer que le había abierto la ventana, y luego iba en orden, cantándole a las demás, como si fuera un camino.

Un día, fue a cantarle a aquella mujer, a la que le cantó primero, pero esta vez ella no salió, así que cantó mucho más duro. Pero ella no salió. volvió a cantar más duro, y ella salió un poco enojada. ¡Gitano callad¡ que hoy está mi marido que ha regresado de su viaje...

El gitano que ya se había comenzado a enamorar de aquella mujer que dulcemente le sonreía y le arrojaba una flor cada vez que él le cantaba, sintió una gran tristeza al saber que la mujer estaba casada. Dejó cinco días de cantar en los tejados. Las mujeres extrañadas, muchas que ya se estaban enamorando de aquel hombre, se entristecieron también, y se armó una gran conmoción. Las mujeres susurraban entre ellas, y preguntaban qué le había pasado al gitano, y comenzó a hacerse una leyenda de aquel gitano que enamoraba a las mujeres cantándoles desde el tejado, pero nadie sabía su nombre.

El gitano trabajaba en el campo para ganarse la vida. Trabajaba todo el día, y en la noche volvía a su habitación en la ciudad, y cansado del trabajo, luego de comer, tocaba su guitarra. Como la habitación en donde se hospedaba era tan pequeña se salía por los tejados a tocar, hasta que un día escuchó la voz de una mujer que le pedía que le cantara.

Luego de cinco días sin tocar, fue a una taberna a tomar un poco de ron. Se encontró que en una mesa varias personas hacían alusión a que un gitano estaba conquistando a las mujeres, cantando desde los tejados. Que había muchos hombres que ya no querían viajar en los barcos, por miedo a que el gitano les robara a sus esposas. El gitano extrañado comenzó a preguntar qué era lo que estaba pasando. Un hombre medio borracho le contó, que había un gitano, que nadie sabía quién era, que estaba cantando en los tejados de las casas, y que aprovechando que en la ciudad había muchos hombres viajando en la mar, comenzó a conquistar a sus mujeres, y que ahora que han vuelto, ya sus mujeres no los quieren.

El gitano se asustó mucho. El no se había imaginado que cantar pudiera ser algo malo ni peligroso. Nunca quiso causarle daño a nadie.

El hombre borracho le contó además, que un capitán de la armada estaba tan enojado, porque una de sus hijas, le dijo que estaba enamorada de aquel hombre, y que había llorado mucho, porque no había vuelto a cantarle. Que dicho capitán está dispuesto a arrestar a ese hombre que se había burlado de su hija. El gitano pensaba en su cabeza, ¿qué es esa locura?

Cinco días más siguió el revuelo por el gitano que no aparecía. Muchos hombres custodiaban a sus esposas e hijas, y en varias casas contrataron a hombres para apresar al gitano. Luego de diez días más sin aparecer, la gente comenzó a dudar de su existencia y otros pensaron que se había muerto, o algún hombre lo había sorprendido cantando y lo había matado. El gitano había dejado de cantar por miedo, por todos los lados se hablaba de que iban a atrapar a aquel gitano, o lo iban a matar. Luego de una semana más, ya nadie hablaba del tema, y se dio un nuevo reclutamiento de hombres para servir en los barcos.  Así las cosas, comenzaron los hombres a viajar tranquilos en los barcos, y nuevamente quedaron las mujeres solas en sus casas.

El gitano que había dejado de cantar por tanto tiempo, decidió salir una noche de luna llena a cantar. Pero decidió ir a visitar a aquella mujer casada que le había abierto por primera vez la ventana. Le cantó una canción, y ella abrió la ventana y lo miró con una gran sonrisa. Al terminar, le volvió a arrojar una flor, pero esta vez, el gitano le preguntó su nombre. Y ella le respondió: "Mi galán de la noche, no debo darte mi nombre, porque no puedo darte lo que no debo, mayores pesares podrías sufrir si le das un nombre a un tormento. No quiero saber tu nombre, ni tú deberías saber el mío... tu me cantas tus canciones y yo te arrojo mis flores, y así deben seguir las cosas, si complicarnos no queremos"

El gitano comprendió el mensaje, le hizo una venía a la mujer y le dijo: "Mi señora perdonadme... no quería importunarla con mis canciones. Comprendo que su corazón ya tiene dueño, algo que de verdad desconocía. Solo he venido a despedirme, y ofrecerle mis disculpas por lo ocurrido en la última noche."

El gitano se fue, y no volvió a cantarle a la mujer. Desde esa noche le cantó a varias mujeres, cuando los hombres se iban de viaje, hasta que un día le pusieron una trampa y lo mataron. Así terminó la leyenda del gitano que cantaba en el tejado, que causó mucho revuelo en Cádiz.

José Antonio: Pero Carmiña ¿Cómo así que le pusieron una trampa? ¿Qué le pasó?

Carmiña: José Antonio, ya es hora de dormir, luego te cuento qué fue lo que le pasó

José Antonio: No Carmiña ¿Cómo me voy a dormir con esa duda tan grande?

Carmiña: Bueno José Antonio, pero tienes que dormirte luego de que acabe, ya es muy tarde.

Resulta que el gitano sabiendo que a las mujeres les gustaba que les cantara, pues siguió cantándoles. Lo cual no le hizo mucha gracia a muchos hombres, que se enteraron que nuevamente había un gitano en los tejados cantándole a sus mujeres. Así que varios, ya comenzaban a hacer guardia en sus casas. En una ocasión, el gitano le estaba cantando a una mujer, cuando de repente un hombre le gritó que lo iba a matar... el gitano salió corriendo, y escuchó como alguien le había disparado.  Ya tenía que ser más cuidadoso, nuevamente los esposos y los padres tenían los ojos bien abiertos y querían cazar al gitano. En otra ocasión, varios hombres lo persiguieron por varios tejados, pero como el gitano ya se conocía de memoria aquellos techos, pudo correr sin ser alcanzado, mientras que los hombres que lo perseguían se caían y aterrizaban mal heridos en los patios vecinos, donde se armó toda una algarabía, pues los confundían con ladrones y les lanzaban palos y piedras. La situación ya se estaba saliendo de control, pues en las noches se oía mucho ruido, disparos, persecuciones, gritos y peleas. A pesar de ello, el gitano seguía cantándole a las mujeres por gusto y por la emoción. Hasta que un día, fue a cantarle a una mujer, pero esta no sabía que su esposo se había puesto de acuerdo con unos amigos, para atrapar al gitano. Lo estaban esperando, y cuando apareció, esperaron que comenzara a cantar, y que la mujer abriera la ventana, en ese momento que estaba tan distraído, llegaron los hombres, agarraron al gitano enfrente de la mujer, y el esposo de la mujer lo mató.

 

José Antonio: Pero Carmiña y....

Carmiña: A dormir José Antonio... ya no hay más que contar.

 


CAPITULO II: LOS NEGOCIOS, TODO VIENTO EN POPA.


CAPITULO II: LOS NEGOCIOS, TODO VIENTO EN POPA.

 

Cumplidos los dieciocho años, el tío llevó a su sobrino a la carpintería donde aprendió el arte de hacer cosas con la madera. Primero con sillas, luego con mesas y luego escritorios. Posteriormente pasó a la construcción de casas, artes que le podían servir, a pesar de ser consciente que José Antonio para ello no tenía vocación.

José Joaquín se esmeró en que supiera cuál era el secreto de cada objeto que construía. Al principio José Antonio elaboraba los muebles de muy mala gana esperando que su tío lo librara de semejante labor. Sin embargo, José Joaquín conociéndolo como lo conocía, le dijo que si quería librarse de no trabajar en la carpintería debía pasar unas pruebas, la primera de ellas, era construir una silla, la segunda era hacer un escritorio a la perfección, la tercera hacer un establo en una finca y por último, debía reparar una nave.

Las tres primeras labores las hizo en tres semanas, rauda y velozmente, pero con gracia y delicadeza para librarse rápido de la tarea. Con el establo demoró unos seis meses, pues perdió un mes por tratar de construirlo lo más rápido que podía, y por ello la primera estructura se le vino abajo, algo que le costó a su tío unos buenos caudales, pues había perdido el material y tuvo que tranquilizar al cliente que se encontraba muy molesto por lo ocurrido.

José Antonio le dijo a su tío con frustración y con vergüenza: “¿Vez que no tengo madera para esto?” y su tío le contestó: “Tanto en la construcción como en muchas cosas de la vida, lo importante es saber levantarse luego de una caída. Y siempre se ha dicho que es mucho más fácil destruir algo, que construirlo. Ahora prométeme que vas a terminar esto José Antonio, no me vayas a dejar mal con el cliente.”

Luego de recibir aquellas palmadas en la espalda José Antonio, levantó con ayuda claro está de 10 trabajadores el establo, en cinco meses. El cliente quedó muy satisfecho y gracias al trabajo de José Antonio, su tío José Joaquín recibió cinco ofertas más para construir otros establos en otras granjas. Sin embargo, ninguno fue construido en tan poco tiempo. José Joaquín decía con orgullo que su muchacho tenía madera, y que en últimas, el dinero perdido en el primer establo había sido una excelente inversión, pues su precio se había multiplicado en cinco.

Con el trabajo de la nave, ocurrió algo singular. Una vez terminado el establo, el tío le dio dos meses de descanso a su sobrino, además porque, aunque parezca increíble las reparaciones de naves escaseaban por esos días en Cádiz. La gran flota había partido hacia las indias, y por el momento, no se habían presentado ni enfrentamientos con naves inglesas o francesas, y las naves mercantes no parecían requerir las reparaciones que José Joaquín quería que aprendiera José Antonio.

En una mañana un buen amigo de José Joaquín llegó a su casa, y le dijo que había una nave en Cádiz que estaba requiriendo varias reparaciones, pero que ellas debían hacerse en reserva, pues la armada no quería que sus enemigos supieran que dicha nave se encontraba averiada. José Joaquín le preguntó, qué clase de nave podía despertar tanto interés de los enemigos de España, y tanto recelo en la Corona.

 Cuando le mostraron la nave, se trataba de la Santísima Trinidad, la nave insignia de la armada en esos momentos, y que tanto la armada inglesa, como la francesa querían hundirla para destruir la moral de la armada española. En la última batalla, la Santísima Trinidad había sido averiada y solo el orgullo español pudo salvarla. Casi perdida la batalla, las naves españolas se dieron a la huida, el Santísima Trinidad por decisión de su capitán cubrió la retirada de sus camaradas, disparando todas sus ráfagas de sus cuatro hileras de cañones por estribor en contra de cinco barcos que iniciaban la persecución rauda de tres naves españolas que se habían rezagado. La acción fue desesperada e imprudente, a pesar de que logró averiar seriamente a dos de los barcos perseguidores. La acción seguramente fue impulsada por el hecho de que la armada española se encontraba en crisis, y no había suficientes naves de guerra para hacer frente a los ataques franceses, ingleses y holandeses.

La orden a los Capitanes era de evitar la pérdida de naves, no entablar enfrentamientos innecesarios y enfocarse en la protección del comercio con las Indias. Sin embargo, al tratar de girar la nave hacia babor para huir y reagruparse con el resto de la flota, la nave capitana inglesa y las otras dos naves persecutoras dispararon sendas ráfagas que dieron en contra del estribor de la Santísima Trinidad, que respondió al fuego con todas sus escotillas de babor. En esos momentos las tres naves perseguidas y cinco más retornaron en ayuda a la Santísima Trinidad, y atacaron con ira a la nave capitana de los ingleses logrando desarbolar sus mástiles.

 Al ver esto los ingleses decidieron organizar una segura retirada, mientras que la Santísima Trinidad seguía en la batalla amenazante, a pesar de encontrarse herida de gravedad. Al llegar a Cádiz con mucho esfuerzo, los marinos sacaban con desespero el agua de las bodegas. Los ataques ingleses habían abierto un boquete en el barco, y gracias a un milagro la batalla se suspendió antes de que la nave insignia de la Armada española se fuera a pique, además en el estado en que se encontraban los tres barcos perseguidos, y los cinco de apoyo que llegaron después, el resultado de aquella batalla hubiese significado un golpe muy duro para la armada Española, pues habría perdido ocho naves, de suma importancia si los ingleses se hubiesen resuelto a disparar unas nuevas ráfagas de cañón aprovechándose de las culebrinas (tipo de cañón), que eran más rápidas en cargar que los cañones de la armada española, lo que les permitían disparar tres ráfagas, en tanto que los barcos españoles disparaban tan solo una.

 

José Joaquín pensó que José Antonio tenía un destino muy particular, pues de todos los barcos el único que debía reparar era el Santísima Trinidad, la nave insignia de la armada española. “Presto” dijo, “contad conmigo, mi taller está a sus órdenes y mi gente hará las reparaciones necesarias con el sigilo que amerita la ocasión”.  Desde que bajó del barco que lo llevó de vuelta a Cádiz luego de su lesión, José Joaquín no había subido a una nave de guerra, le daba terror recordar aquella batalla que le cambió la vida. Sin embargo, como soldado no podía dejar de subirse a la Santísima Trinidad para verla por dentro, así que subió a la nave en compañía de sus trabajadores y su sobrino, que fueron escoltados por unos cincuenta hombres. Luego de entrar a la cubierta del barco, se dieron cuenta que más de cien hombres también los miraban con ojos de esperanza. José Antonio y José Joaquín inspeccionaron los daños e hicieron un plan de trabajo que duraría dos meses. El Capitán de la nave fue informado y les dijo que por el bien del Rey y de todo el imperio, la Santísima Trinidad no podía durar más de un mes fondeado en Cádiz, pues los enemigos del reino, verían en aquella situación un buen momento para intensificar sus ataques. José Antonio y José Joaquín comprendieron la premura del Capitán y de lo delicada de su labor, pero José Joaquín no podía garantizar que las reparaciones pudieran realizarse a conformidad en un mes, José Antonio más joven y más arriesgado, se llevó a su tío a un costado y le dijo, quiero reparar este barco, y puedo hacerlo en un mes, necesito todos los materiales y cincuenta de los mejores hombres del taller.

“Pero José Antonio, si sólo tenemos a treinta hombres en el taller que están ya trabajando en cinco establos, y por más que cuentes con los treinta, no es posible terminar esta labor en un mes, y ello hará que nos fusilen. Si el Rey se siente amenazado por las armadas de otras naciones, y si su nave insignia no sale a la batalla, buscará culpables, y los Generales y el Capitán de esta Armada nos señalarán a nosotros, y en ese caso el Rey no le faltarán razones para mandarnos a Fusilar.”

“Tío, tranquilo yo quiero reparar este barco y lo haré, consígueme los materiales y los hombres que te pido, y te prometo que en vez de un pelotón de fusilamiento, recibirás buenos ducados y más ofertas para reparar barcos.”

“A la mierda los ducados y las ofertas, esto no es un juego José Antonio, pondrás en riesgo no solo tu vida, sino la de los trabajadores que se unan a esta locura.”

“Anda Tío, hazme caso consígueme lo que te digo, y yo cumpliré. Sé que me has querido enseñar con esto del taller de carpintería, y lo has logrado, aunque te aseguro que una vez culmine con esta nave, no volveré al taller.”

 

“Menudo lío en que te he metido por tratar de enseñarte. ¿Es que no vez que es una misión imposible? ¿Qué pasa si luego de reparar la nave se hunde por algún imperfecto? No encontraremos tierra donde refugiarnos de semejante ofensa al imperio español.”

“Tío, hazme caso, trabajaré bien, día y noche y entregaré este barco en un mes, te lo aseguro.”

“José Antonio, hijo mío por favor recapacita, que a mí no me importa mi vida, pero si la tuya, y la de los demás cristianos que vais a poner a trabajar. Además, si es que en las bodegas donde hay que reparar la nave, no caben cincuenta trabajadores.”

 

“Si caben tío… veinticinco, pero unos en el día y otros en la noche.”

 

“José Antonio hijo ¡Recapacita¡ ¿Qué le diré a tu madre si algo te llegara a pasar?”

 

“Que morí haciendo lo que quiero, como tú me lo enseñaste, y dejad de joder Tío, que todo va a salir muy bien.”

 

“Ya bien me había dicho tu padre: Cría cuervos y te sacaran los ojos. Ahora utilizáis mis propias palabras en mi contra José Antonio por Dios¡ Que no seas así”

 

Los trabajos se iniciaron el 14 de mayo, los materiales no llegaron todos en la misma fecha, pero si llegaron a tiempo para no suspender ni por un minuto la labor. José Joaquín hizo mil piruetas para que ello fuera así. Mientras tanto, José Antonio dormía cada tres horas, media hora, para que el cansancio no lo atormentara, y para estar lo más pronto posible presente en todas las tareas. Veinticinco trabajadores comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las seis de la tarde, descansando dos horas en toda la jornada, pero los descansos eran turnados, de tal manera que el trabajo nunca se detenía. Luego llegaban veinticinco trabajadores más en la noche y hacían lo mismo. Lo más complicado fue quitar algunas piezas sensibles del casco, pues las nuevas piezas no cuadraban con las antiguas, así que tocó fabricar piezas que no se habían planificado, por esa razón, José Antonio pidió a su tío que diez trabajadores más se encargaran de hacer dos piezas nuevas en el taller. José Antonio a pesar de la falta de sueño, seguía tranquilo y seguro, mientras que José Joaquín sudaba a toda hora como un condenado, y vivía nervioso.

 

El Capitán de la Santísima Trinidad inspeccionaba todos los días las obras, y veía con preocupación que aquel muchacho que dormía media hora cada tres horas, no pudiera cumplir el plazo, y recibiera una terrible orden de su Majestad de castigar al culpable. Veía en José Antonio y en José Joaquín un esmero y responsabilidad tal, que realmente era admirable. Terminó reconociendo que si la armada tuviese marinos como aquellos dos, de seguro España no estaría perdiendo la guerra. La mayor parte de los marinos de la Santísima Trinidad habían apostado a que José Antonio no terminaría el trabajo, y muchos hacían bromas con pelotones de fusilamiento.

Faltando dos días para el mes, aún quedaba por cuadrar las dos piezas que diez hombres habían construido en el taller. Traerlas hasta la nave iba a requerir tiempo y esfuerzos que ya le escaseaban a sus hombres. Así pues, cuando el Capitán de la Santísima Trinidad inspeccionó en ese día las obras, José Antonio se dirigió a él de manera respetuosa.

“Mi estimado Capitán, requiero de vuestra merced un gran favor, si no es mucha molestia.”

“Decidme gentil hombre ¿Qué se os antoja? Pues veo con preocupación un atraso importante en las obras, y más que un favor, creo que te concederé un último deseo. Pero claro, os lo digo en broma, pues quiero haced buena venía a vuestro trabajo y sacrificio.”

“Pues en definitiva, sois más gentil que yo, si me concedéis este último deseo. Por lo que veo tus hombres después de 28 días de estar fondeado en este puerto, han descuidado el ejercicio, mientras que los míos se encuentran casi desechos por los extenuantes trabajos. Requiero de dos piezas que ya se encuentran acabadas en el taller de mi Tío, y para poder cumpliros en el tiempo acordado, requiero que tus hombres las traigan presto, mientras que mis hombres y yo terminamos algunas obras urgentes que necesitamos.”

“¿Y cómo cuantos hombres requieres para llevar a cabo esa labor?”

“Pues de todos los que podéis suministrarme, pues requiero con urgencia las piezas solicitadas en menos de media hora que acabo con las tareas que estamos haciendo, y no quisiese parar los trabajos por una demora en el transporte.”

“Cuenta con cincuenta hombres, enseguida los enviaré al taller de tu Tío para recoger las piezas.”

 

“Su excelencia debe ser un duque, y por favor, advertirles que tienen tan solo media hora para cumplir su labor, pues mi vida depende de ello.”

A la media hora llegaron, los cincuenta hombres con dos vigas de madera de casi diez metros de largo y con un diámetro de metro y medio, que debían reemplazar del casco de la nave. Muchos con la lengua afuera y totalmente extenuados. Si bien, tales vigas de madera pesaban unos 300 kilos cada una, lo más engorroso de tal labor era pasar esas vigas por todas las calles de Cádiz. Sobre todo, para poder doblar las esquinas, muchos soldados caían al suelo en los espantosos lodazales de aquellas calles. Cuando llegaron a la Santísima Trinidad el piquete de 50 soldados, parecían pordioseros en muy malas condiciones. José Antonio recibió con dignidad a los soldados, aunque se moría por reírse a carcajadas al verlos en aquel estado.

Noche y día trabajaron y entregaron las obras antes de que dieran las 4 de la tarde del último día del plazo. El Capitán de la Santísima Trinidad entregó a José Joaquín su paga, y en un acto solemne reconoció el trabajo que él y sus hombres habían realizado a favor de su majestad, y que nuevamente los enemigos de España debían temer por la fortaleza de su Nación, representada en las manos que repararon a la Santísima Trinidad. Y como una pregunta protocolaria el Capitán preguntó si había algo más que él podría hacer por ellos, a los que José Antonio respondió que sí. Su tío cerró los ojos, y pensó “Y ahora ¿Qué se le habrá ocurrido a este chaval del demonio?”

“Su excelencia, me es grato escuchad su agradecimiento y reconocimiento a nuestro trabajo. Pero aún no se encuentra terminado. Como os habéis dado cuenta, somos muy cautelosos y cuidadosos en lo que hacemos. Por lo tanto, permitid os lo ruego que mi tío y yo supervisemos en su primer viaje de regreso, el buen funcionamiento de las reparaciones del Santísima Trinidad. No creo que tan buenos carpinteros como nosotros seamos rechazados en vuestra tripulación.”

José Joaquín cavilaba en sus adentros: “Niño del demonio, ya nos estáis metiendo en otro lío.”

Luego de pensarlo unos segundos, el Capitán sonrió y sorpresivamente aceptó. “Seréis mis invitados, pero solo por un viaje. Pero eso sí, prometedme que obedeceréis todas las ordenes que aquí se os deis, la Marina no es un taller de carpintería.”

El Santísima Trinidad zarpó al día siguiente a una misión que consistía en patrullar por las costas de Barcelona. José Antonio y José Joaquín, partieron con la tripulación del Santísima Trinidad a su misión. Al salir del puerto, otros seis barcos se unieron a la misión que partía rumbo a Barcelona para inspeccionar si eran ciertos algunos rumores sobre la presencia de una escuadra de barcos ingleses merodeando la zona. El Santísima Trinidad mareaba con velocidad, los trabajos habían mejorado su navegación. Durante la primera hora de viaje, la Santísima Trinidad les había sacado a sus naves acompañantes a lo menos 600 metros de distancia. Sin embargo, el Capitán dio la orden de mermar el paso, pues no convenía separarse de la formación, si había rumores de naves enemigas circundando la zona. En la segunda hora, el Capitán ordenó que la tripulación hiciera ejercicio con los cañones, y ordenó a toda su escuadra tomar posiciones de combate.

José Antonio observaba maravillado todo lo que ocurría desde el timón. Su tío recordaba viejas épocas, aunque nunca había contemplado las maniobras de una nave desde aquella posición. El Capitán le preguntó a su joven invitado, si quería saber cómo se disparaba un cañón. José Antonio dijo que sí con enorme alegría. Así entonces, le ordenó a uno de los marineros que le enseñase al joven la delicada tarea. El marinero se tomó la labor en serio, y en tres horas le explicó hasta el cansancio a José Antonio, como se carga, y se dispara un cañón de barco, haciéndole repetir primero mentalmente los pasos, y luego haciéndolo realizar el procedimiento con un cañón desde la escotilla.

Al regreso con su tío, el joven grumete dijo: “es más sencillo ser soldado que carpintero tío, pero prefiero mantener mis pelotas donde están” El tío comprendió la ironía de su sobrino, pero no le prestó atención, y se alegró de que su sobrino no quisiera enrolarse a la marina.

En la noche, mientras comían en el comedor junto con el Capitán, un marino tocó con angustia la puerta, diciendo: “Capitán, debería dar un vistazo.” Todos salimos a la cubierta, y el capitán sacó su catalejo y miró hacia un lugar donde el marino le señaló. Cuando observó, enseguida gritó: “Despierten a todos, pero no hagan ruido, avisen a las otras naves, debemos salir rápido de aquí.”

Todo el mundo se movió raudo. A través de luces alertaron a las demás naves, giramos hacia la costa a toda vela. De pronto se divisaron unos relámpagos en la dirección que había divisado el Capitán con su catalejo. Eran cañones que nos disparaban, pero por fortuna las balas cayeron a cien metros de nosotros mientras nos seguíamos alejando. El capitán era un viejo zorro de mar, y sus hombres le obedecían cumplidamente. Ahora las vidas de todos los tripulantes de las naves dependían de sus decisiones.

En el puente, el Capitán hablaba con sus dos invitados como si quisiera enseñarles sus tácticas de guerra. Le explicaba que no era conveniente entablar combate en ese momento, una densa niebla impedía ver cuán numeroso era el enemigo, pero sin duda ellos sí podían verlos, y si se atrevieron a atacar como lo hicieron, seguramente no estaban en desventaja numérica. También dijo que las naves inglesas a pesar de ser más pequeñas que las naves españolas eran más rápidas y maniobrables, y que a pesar tener menos cañones, podían disparar más ráfagas que los españoles, y explicó el Capitán, que ello de seguro había sido una de las causas por las cuales la armada invencible no había podido invadir a Inglaterra.

En contraste, las naves españolas tenían la resistencia y la fuerza necesaria para embestir las naves inglesas, para luego abordarlas y destruirlas por su mayor tripulación y fuerza de combate.

En cuanto al combate con cañones, lo mejor que se podía hacer era mantener la formación, concentrar el fuego en un objetivo a la vez, y evitar ser aislados por las naves inglesas que evitan a toda costa el abordaje y aprovechan su poder en los cañones. También explicó que entablar un combate a distancia y sin formación, era una batalla pérdida, por esa razón prefirió hacer una retirada estratégica. En esos momentos los barcos ingleses se estaban acomodando y comenzarían a perseguirlos.

La idea era llegar a Barcelona primero donde los fuertes en Tierra les podrían dar apoyo en la contienda. Para el Capitán lo más importante en esos momentos, era saber el número de sus enemigos, pero esa espesa niebla le impedía ver más allá de las tres primeras naves que luchaban por darle alcance antes de llegar a Barcelona. Su gran preocupación era una de las siete naves que componían la escuadra, que al parecer tenía problemas y no mareaba tan rápido como las otras. De por sí, las naves inglesas son más rápidas, y como alguna se quedará rezagada todas las naves inglesas la atacarían como pirañas y celebrarían el botín.

La escuadra española llevaba una ventaja de un kilómetro a la flota inglesa, sin embargo, esa distancia se podría disminuir en cinco horas o a tres si llevaban la velocidad que mareaba la nave rezagada. Y faltaban por lo menos unas diez horas para divisar el puerto catalán. Con los arreglos de seguro la Santísima Trinidad podía escabullirse sin ningún problema de la flota inglesa, pero el Capitán no podía perder al resto de su flota. Así entonces realizó una maniobra distractora muy riesgosa, les ordenó a las dos naves más lentas que siguieran el curso en línea recta hacia Barcelona, y el resto tomaría el curso hacia tierras valencianas. Si los ingleses seguían a los barcos que llevaban rumbo a Barcelona sabían que los alcanzarían en tres horas y tendrían de seguro un botín de guerra de dos naves. Pero también sabían que al virar las naves españolas lo hacían muy lento, por tanto, podrían darle alcance en tres horas a las cinco naves que se dirigían a Valencia, solo que, dentro de este grupo, tenían a la Santísima Trinidad, solo escoltada por cuatro navíos, por lo tanto, era un botín mayor.

El Capitán contaba con que los ingleses no fueran a dividir sus fuerzas y tomaran una mala decisión. En esos momentos, cursaba la una de la madrugada, luego de dos horas más de persecución, el Capitán divisó lo que era una flota de diez naves inglesas que nos seguían. Gracias al cielo, una ráfaga de viento favoreció a las naves españolas, quien con el esfuerzo de todos sus marinos lograron mantener a la misma distancia por una hora más, a las naves inglesas. Todos se movían lo más que podían, sabían que el enemigo era dos veces más numeroso y que en condiciones normales eran más veloces, pero el instinto de supervivencia hizo que aquellos marineros no tuvieran otra opción que hacer volar a sus naves para no ser alcanzados por el enemigo.

El capitán no iba a exponer a Valencia a un ataque de naves inglesas, cuando sabía que en esos momentos las tropas terrestres se encontraban en Barcelona prestas a dar apoyo. Permitir un ataque sorpresa en Valencia hubiese sido un desastre también, así que dio orden de virar rumbo a Barcelona de nuevo aprovechando la hora que se mantuvo la distancia, y confiando de nuevo en la buena suerte. A pesar de haber navegado por más de seis horas con el enemigo presto a alcanzar a la escuadra, los marineros seguían fielmente las órdenes de su capitán. Luego de una hora más de viaje, las distancias se habían reducido a trescientos metros, y ya se oían cañonazos a nuestras espaldas. Faltaba una hora más, pero ya las balas de cañón se acercaban a las dos naves más lentas. El Capitán dio la orden de tirar por la borda todas las provisiones, era absolutamente necesario llegar a Barcelona primero.  Y así lo hicieron. También ordenó llenar cuatro barriles con pólvora y mecha junto con las provisiones. Aquella trampa mortal les daría a lo sumo veinte minutos de ventaja.

Al poco rato de soltar las provisiones escuchamos las explosiones de los barriles, que efectivamente confundieron al enemigo y permitieron a la flotilla española ganar distancia. A las cinco de la mañana ya se observaba el puerto catalán, y se divisaron los dos barcos que hacían parte de la escuadra española, así como cinco barcos más listos para entrar en combate. Aparentemente la Santísima Trinidad había llegado a puerto seguro y ahora era decisión de los ingleses atacar.

Sin embargo, el Capitán dio orden a sus cinco navíos de tomar posiciones de combate, girando los barcos hacia el mar, formando una línea curva de media luna mirando de forma diagonal a la costa, y en espera a que los barcos ingleses se atrevieran a dar batalla. Aún fuera del alcance del fuego de tierra, los cinco barcos haciéndole frente a los diez barcos ingleses le permitían aún una ventaja a la escuadra inglesa, cuyo capitán debía estar bien dudoso en esos momentos, luego de perseguir durante diez horas y toda la noche a los españoles.

Los otros cinco barcos españoles apostados cerca del fuerte de Barcelona, se hicieron en formación de combate en media luna cortando el camino a la hilera de buques inglesa hacia el puerto. El cansancio y la ansiedad debieron nublar la lucidez al capitán inglés que sin más no perdió el impulso y atacó, formando una sola hilera con sus diez barcos, su idea era disparar con todos sus cañones a babor a la primera media luna conformada por el Santísima Trinidad, y con las escotillas de estribor castigar a la segunda media luna ubicada enfrente del puerto, y luego alejarse, doblando hacía la derecha al mar interior lejos de la costa.

La orden del capitán de la Santísima Trinidad era elegir un barco y concentrar todo el fuego posible sobre este, pase lo que pase, y luego alistada la segunda ráfaga, hacer lo mismo con otro barco. Aun así, debían resistir los cañonazos de diez barcos ingleses que los atacarían en fila. Sin embargo, cuando el primer barco inglés se acercó a la primera media luna, recibió tal descarga de fuego, que de inmediato se desarboló y se fue a pique, los otros dos barcos que siguieron, rompieron la formación para evitar el choque, y encontraron el fuego de la segunda media luna que de inmediato destruyó el segundo barco, el tercero se acercó a tierra y recibió el castigo de las baterías del castillo. El cuarto barco fue nuevamente recibido por la primera luna que ya había cargado una nueva ráfaga, y de inmediato pasó a la historia, el quinto volvió a enfrentarse con el fuego de la segunda medialuna y se fue a pique de inmediato. El sexto alcanzó a divisar la trampa en que se habían metido y giró de súbito a la derecha para evitar a la primera medialuna, que decidió formar como pudo una línea paralela al rumbo de huida de la bastante mermada flota inglesa que con sus cinco navíos restantes se preocupó más por girar y huir que por disparar sus cañones, así que volvieron a recibir el castigo del fuego concentrado de los barcos españoles que formaron la media luna inicial, y que como despedida lograron averiar gravemente al último de los barcos que formaban una línea de escape. En definitiva, fueron cinco barcos ingleses hundidos, mientras que la armada española solo sufrió algunos daños no significativos. No todos los días se tenía un día así, y no todos los días un capitán inglés cometía un error tan grave, por su arrogancia, su exceso de confianza y en gran medida por el cansancio. El Capitán del Santísima Trinidad tronaba en júbilo junto con toda su tripulación, incluidos José Antonio y José Joaquín.

Al fondear la nave en Barcelona para abastecerse de pertrechos, José Antonio y José Joaquín bajaron juntos de la nave.

“Menuda batalla en la que me has metido, formé mi taller para no volver a navegar en un buque de guerra, que de hecho me trae muy malos recuerdos, y mírame a mis cuarenta y tres años de edad en la Santísima Trinidad, llevando y trayendo balas de cañón, y apagando incendios, como cuando era marino.”

“¡Vaya que fuiste servil tío¡ llegué hasta sonrojarme cuando te vi actuando y recordando aquellas faenas de grumete ¡Es que hasta dejaste a más de un marino sin trabajo ¡”

“Pues yo trataba ayudar, a mí me daba vergüenza el verte a ti en la mitad de la batalla cual zángano mirando sin hacer nada.”

 

“Pero vamos tío que no sabría ni qué hacer, igual no me perdí ni un suceso de la batalla. Más bien dejad de refunfuñar malhumorado y tomémonos algunos vinos, pues a tu edad no te viene a bien haber pasado semejantes sofocos.”

“Pues qué me iba yo a imaginar, que tratándote de enseñar el arte de la carpintería terminara mareando en el Santísima Trinidad, y como si fuera poco en medio de una batalla en el mar. Es que sobrino realmente estar contigo no es para nada seguro. No se imagina uno en dónde va uno a parar.”

Llegaron a una barraca, pidieron algo de vino y pan para pasar el mal rato. “Que casi que no la contamos José Antonio… ¡Qué barbaridad¡ deberíamos irnos a descansar”. José Antonio respondió: “No tío, después de tanta acción aún no tengo sueño, y de verdad me costaría un poco dormir, prefiero quedarme un rato y beber una botella más de vino. “Recuerda que debes estar en la nave a las cinco de la mañana, no me deis más dolores de cabeza.” “! Ahí estaré Tío¡ ni un minuto más, ni un minuto menos, ¡os lo prometo¡  ¡Y ahora id a descansar, que yo haré lo mismo¡” El tío gruño: “Eres un bellaco.”

A las cinco de la mañana José Joaquín llegó al muelle, y esperó unos diez minutos a que apareciera su sobrino para abordar en el batel que los llevaría a la Santísima Trinidad, sin embargo, no había rastro de él. Los marinos que estaban en el batel ya comenzaban a fastidiarse. Pero José Antonio llegó en plenos calzones tratando de ponerse la camisa y corriendo a toda velocidad. Su tío le dijo: “¿Ni un minuto más? José Antonio casi parten sin nosotros.” José Antonio contestó: “Por eso es que estoy del todo cierto que no nací para la armada.” José Joaquín le respondió: “Me va a tocar enrolarte a la fuerza a ver si se te quita lo bellaco.” José Antonio terminó de vestirse y le dijo: “Refunfuña todo lo que quieras, pero de hecho así me quieres, gruñón.”

En el viaje de regreso a Cádiz, todos los barcos que se topaban en la mar, gritaban glorias al Rey, en señal de agradecimiento al Capitán de la Santísima Trinidad. Todos los marinos recibían con honor aquellos gritos, luego de haber arriesgado tan valientemente la vida. José Antonio en cambio siguió con su instructor dando clases de artillería naval. Pero José Antonio quería pasar de la teoría a la práctica y en un descuido de su instructor disparó el cañón para sentir la sensación. Toda la flota se alertó por el inesperado cañonazo. El Capitán preguntó ¿qué había ocurrido?. José Joaquín al escuchar el cañonazo y el alboroto de inmediato presintió quién había sido el responsable. El Marino explicó al Capitán que José Antonio había disparado sin su autorización, y el Capitán lleno de furia, por el suceso que había roto toda la disciplina castrense de la flota, ordenó encerrar en los calabozos a José Antonio, a su tío y al instructor.

 

Ya en el calabozo, la conversación era la siguiente:

José Joaquín: José Antonio por Dios, ¿No podías comportarte como se debía por unos minutos? Vaya que he pasado de ser un héroe en el Santísima Trinidad a ser un prisionero de quinta, sin haber movido un solo dedo, y todo por tú insensatez.

José Antonio: Tío si vieras la sensación de haber disparado el cañón, ello no tiene comparación ¡Es un espectáculo¡

Instructor: Callad Chaval del demonio, menudo lío que has hecho ¿Quizás cuánto tiempo estaré yo encerrado en este calabozo? La verdad no os quiero ver más en mi vida.

José Antonio: Pero os aseguro, que todo esto valió la pena.

Al llegar a Cádiz el Capitán de la Santísima Trinidad bajó al calabozo, donde estaban los tres únicos prisioneros de aquella gesta, pues los pocos marines ingleses que sobrevivieron al encuentro bélico en Barcelona, fueron tomados prisioneros y dejados en las mazmorras de aquella ciudad. Al ver a los tres desdichados se dirigió a José Antonio:

Capitán: José Antonio es tu nombre. Me habéis fallado. Eras mi invitado de honor en esta nave, y un gran aprecio te tengo por reparar esta nave en el tiempo y en la forma requerida. Me siento realmente traicionado, pues has respondido a semejantes honores con actos de insubordinación, que no le es permitido tolerar a un capitán de una flota de la Armada española ¿Cómo os ocurre disparar un cañón sin autorización del Capitán? ¿Te imaginas de los más de cientos de marinos que tiene esta tripulación a dos o a tres se les antojase disparar un cañón de su majestad sin motivo alguno? Ello sería el derrumbe de toda la flota. No puedo trataros con misericordia.

José Joaquín: ¡Su excelencia por favor¡

Capitán: ¡Callad¡ que por eso estáis vos aquí también, por vuestra culpa este joven tan cumplido y tan útil a la armada esta desprovisto de disciplina. Además, habéis perjudicado la carrera de este marino a quién yo también le tengo gran aprecio. Ya no me es dado conservarlo a pesar de ser un excelente artillero, pues por aquel descuido en el que permitió disparar aquella bala, la disciplina de toda la nave está en riesgo. Y a pesar de ello, la tripulación os ha salvado, puesto que me han pedido en buenos términos que os libere sin más penurias, solicitud que he acogido. Os daré un batel para que los tres salgan de la nave y lleguen a Cádiz a salvo, con dos condiciones: La primera, que juréis que no dirán nada a nadie que hicieron parte de la tripulación de la Santísima Trinidad; y la segunda, que se encarguen de darle un empleo a este marino que no podrá seguir en la Armada prestando sus servicios.

 

José Joaquín: Su excelencia os doy mi palabra que cumpliremos ambas condiciones.

José Antonio, estaba abrumado por lo ocurrido por una parte se percataba del daño que había ocasionado, y por el otro, sentía un enorme sentimiento de agradecimiento al Capitán por ese regaño y por haberle perdonado la vida, y por todos los marinos de la Santísima Trinidad que le habían salvado la vida, al solicitarle al Capitán que les perdonara. Había comprendido que aquella tripulación le había tomado estima por lo que había hecho trabajando un mes completo para reparar a tiempo aquel barco. No pudo decir nada en aquel momento, pero sintió muchas ganas de llorar, miró al Capitán y le asintió con la cabeza. El Capitán comprendió el gesto, asintió también y se marchó. Al salir del calabozo tenía lágrimas en el rostro, pero pronto se secaron, y estrechaba tan fuerte la mano de cada marino con el que se topaba en la cubierta, y lo hizo hasta llegar al batel que los llevaría a casa. Eran más o menos las once de la mañana de un verano caluroso. El puerto de Cádiz recibía a la flota encabezada por la Santísima Trinidad con júbilos, mientras que, José Antonio, José Joaquín y su nuevo compañero Manolo Méndez, seguían remando hacia Cádiz resignados a soportar ese sol tan inclemente. José Antonio y Manolo remaban, mientras que José Joaquín jadeaba quejándose del calor:

José Joaquín: Pero es que ese dichoso capitán, nos ha perdonado la vida en el barco, pero ha querido que muriéramos quemados en la mar.  Es que nos ha dejado casi en el estrecho de Gibraltar el condenao. ¡Yo definitivamente vengo de Sodoma y Gomorra¡

José Antonio: Callad tío que nosotros somos los que vamos remando.

José Joaquín: Pero es que es el colmo José Antonio, habernos dejado tan lejos del puerto, ya suficiente castigo fue estar en ese calabozo a punta de pan y agua, con ese maldito olor de pudrición humana que aún lo tengo impregnado en toda la ropa.

Manolo: Vamos Don José Joaquín, que por lo menos estamos vivos.

José Joaquín: Menudo castigo que me he ganado por tu culpa José Antonio, Encerrado en un mal oliente calabozo, y ahora cocinado como un pollo en este batel.

 

Cuando llegaron a Cádiz, la ciudad estaba festejando aún la llegada de la flota victoriosa, pero ya habían pasado todos los protocolos del recibimiento, y la gente estaba tan alegre, festejando en las calles que no notó la llegada de los tres apesadumbrados tripulantes de aquel batel.  Al llegar a casa, las criadas y los trabajadores recibieron a los dueños con júbilo, pues se habían preocupado de manera, al ver que no regresaban con la escuadra española. Los tres acordaron cumplir el juramento que le hicieron al Capitán, y dijeron que habían regresado en otro barco mercante que habían tomado en Valencia. Luego de lavarse, descansar y cenar, los tres se retiraron de la mesa y se dirigieron a sus cuartos. A Manolo le asignaron un cuarto provisionalmente, hasta que José Joaquín decidiera qué iba a hacer con él.

 

Manolo resultó ser un muy buen trabajador, disciplinado y muy obediente debido su pasado en la milicia. José Joaquín no dudo en ver sus cualidades y dado que era un poco mayor que José Antonio, pensó que le podía ayudar a disciplinar un poco a su sobrino. La verdad es que era una relación interesante, José Antonio le gustaba preguntarle a Manolo sobre las misiones militares en las que había participado y especialmente las que realizó con el Capitán del Santísima Trinidad, y a este, le gustaba contar las historias. Fuera de esos momentos mágicos en que uno contaba la historia de una batalla, y el otro la escuchaba con atención, no existía realmente otra forma de tutoría que Manolo pudiera ejercer sobre José Antonio. La obediencia y la sumisión de Manolo que aún se creía soldado le hacían incapaz de tratar de resistir el impetuoso temperamento de José Antonio, que era el sobrino de la persona que identificaba con su nuevo superior. En últimas, Manolo terminó siendo un soldado que secundaba a José Joaquín y a José Antonio en todas sus misiones.


CAPITULO I: UN BUEN COMIENZO… LA FAMILIA ¡QUE PERLA¡



CAPITULO I: UN BUEN COMIENZO… LA FAMILIA ¡QUE PERLA¡

 

 

Eran los años 1710 en Cádiz (España), José Antonio había sido entrenado en esgrima, y había ido a la escuela gracias a su tío que lo crio como a un hijo desde los nueve años. Su tío José Joaquín Calderón de 36 años lesionado en guerra (en una de las tantas batallas de su majestad, el rey de España) no podía tener hijos, y le dijo a su hermano Antonio Calderón que con gusto se haría cargo de uno de sus 9 hijos como si fuera suyo, sin negarle sus derechos de padre, y devolviéndolo a su hogar paterno si el niño no se adaptaba. A Antonio no le sonó mucho la idea, sin embargo, dos causas le impulsaron a aceptar tal proposición, la primera era que tenía una situación económica muy ajustada y sabía que llegado el caso, no podría enviar a todos sus seis hijos varones a la escuela, y la segunda razón, es que tenía a un hijo muy, pero muy rebelde que en serio le sacaba muchas canas y ese era José Antonio, que era el tercero de todos sus hermanos y que no le obedecía a él, ni mostrándole el cinturón con el que trataba de disciplinarlo. Tenía tan solo 9 años y su irreverencia era tal, que era el que más objetaba hacer las labores de la casa, y le preguntaba a su padre por qué debía hacer tal o cual cosa si no era necesario, en tanto que era mejor y más productivo hacer otra. Esto a Antonio realmente lo enloquecía pues sentía que su hijo de 9 años lo estaba tratando de bruto:

“Pero ¿qué se ha creído este chaval?” se quejaba con su esposa María Lorena, y cada vez que discutía con José Antonio.

En ocasiones su esposa le replicaba: “De vez en cuando deberías hacerle un poco de caso a tu hijo. Tómalo como un consejo, pues en ocasiones tiene mucha razón Antonio”

Y él le respondía “Lo ves, lo ves, ese niño hoy coloca a toda la familia en mi contra, no quiero imaginar ¿Qué pasará cuando crezca en unos años? Es un problema, salió definitivamente a ti, que en todo me discutes”.

 

Antonio creía que José Antonio le podía venir bien la crianza con su tío José Joaquín que había sido marino de la gran armada de su majestad, él tenía buenos caudales que le podían proveer de una buena educación y esperaba que su hermano pudiera darle algo de disciplina. Así entonces, luego de pensarlo bien, decidió decirle a su esposa su decisión de aceptar la propuesta de su hermano pensando en el bien de su hijo. María Lorena lloró toda la noche, pero comprendió que sería una buena oportunidad para que José Antonio fuera a la escuela y cultivara ese entendimiento que fuera de ser irreverente, era pura inteligencia que necesitada de educación y disciplina.

Así fue que José Antonio de un día para otro pasó a mudarse con su tío, no de muy buena gana, pues quería mucho a sus padres y a sus hermanos a pesar de sentirse como el niño conflictivo de la familia. Su tío lo llevó muy contento a su casa, para él, era como una oportunidad de ser padre, luego de que una bala de rifle le afectara sus testículos en una batalla. La esposa de José Antonio al tiempo de regresar de la batalla huyó de casa, no soportó lo que ocurrió, sobre todo el hecho de no poder ser madre. José Joaquín la entendió y no insistió nunca en buscarla a pesar de amarla con todas sus fuerzas.

Volviendo a la historia, José Joaquín llevó a José Antonio a su casa, le compró prendas que vestir y lo acomodó en un gran cuarto, que a diferencia del que tenía en su casa paterna, no tenía que compartir con sus seis hermanos varones, y tenía una cama tan grande que podían juntarse tres de las que había en su antiguo cuarto. De aquella casa lo que más le gustaba era el jardín, y un caballito de madera que a modo de sorpresa le había hecho construir su tío de bienvenida. Ese día no soltó su caballo.

En la casa había al servicio de su tío dos mozos que cumplían varias funciones en la casa, dos empleadas y una cocinera, que José Joaquín colocó a la protección de su sobrino. Cada uno debía turnarse en el día para cuidarlo, a las primeras horas, una de las dos empleadas se encargaba de asearlo y vestirlo. Luego uno de los mozos lo llevaba a la escuela, y lo acompañaba de vuelta cuando regresaba. La cocinera se encargaba de él desde que llegaba hasta antes de servir el almuerzo, y en la tarde el otro mozo le enseñaba las artes de la esgrima y luego jugaba con él hasta la llegada de su tío por la tarde.

José Joaquín se dedicaba al comercio, tenía una carpintería que montó luego de recibir su pago al retirarse de la armada. Le ofrecía buenos servicios a todas las personas que lo requerían en Cádiz, desde reparaciones y construcciones en las casas de aquella monumental ciudad, como reparaciones a los barcos que atracaban el ese bello puerto.

Su trabajo era exigente, debía conseguir madera para realizar los trabajos que requería, tratar a los clientes, instruir a sus empleados y supervisar los trabajos. Cuando comenzó no sabía mucho del arte de la carpintería, lo más que sabía era de reparaciones a las naves de la armada en que prestó sus servicios, un viejo lobo de mar le enseñó la labor de la reparación de las naves luego de que en las guerras habían recibido varios disparos de las naves enemigas durante los enfrentamientos que en ese entonces se tenían con las escuadras inglesas que trataban de sabotear en todo lo que pudieran el comercio entre las Indias y la Corona.

En uno de esos enfrentamientos, la escuadra donde se encontraba José Joaquín, compuesta por siete galeones españoles, se topó con cuatro fragatas inglesas cerca de la costa de Portugal, donde se iniciaron los combates. Mientras que las fragatas inglesas buscaban escabullirse aprovechando su velocidad, los galeones intentaban interceptarlos para tratar de abordarlas. Era bien sabido que los ingleses temían el ímpetu y la bravura de los españoles cuando iniciaban el abordaje, y por eso, buscaban mantenerse a distancia y cañonear a los galeones para mantenerlos a raya, máxime si se encontraban en desventaja numérica. Sin embargo, en esta ocasión los cañones españoles lograron averiar gravemente a dos de las fragatas, e iniciaron rápidamente las maniobras para abordarlas y capturarlas. Doblegada la nave inglesa con las tres hileras de cañones del galeón donde se encontraba José Joaquín, los españoles se acercaron, tiraron los ganchos, y los arcabuceros dispararon de ambas cubiertas, sin embargo, el grito español de maten a los herejes se hizo sentir más alto y comenzó el terror para la nave inglesa y sus tripulantes. Así había iniciado la terrible carga española y el abordaje era inminente.

En tanto el abordaje ocurría José Joaquín había caído al suelo, algo lo había golpeado fuertemente en su muslo derecho, al palpar con su mano derecha el muslo encontró sangre en él. Quiso levantarse, pero no pudo, le faltaba el aire, sudaba frío y las manos le temblaban. Había mucho ruido en la cubierta, disparos, mucho humo, pero él no escuchaba nada, se acostó en la cubierta mirando hacia el cielo entre las velas del mástil, esperando la muerte o que alguien lo ayudara.

Luego de un minuto un compañero apareció, lo vio, le dijo algo, pero no le entendía, en esos momentos sonó un cañonazo y el compañero salió corriendo, volvió a quedarse solo mirando al cielo azul entre las velas, y en ese momento se desmayó.

Despertó lentamente mirando una escotilla donde entraba la brisa del mar y la luz. A su alrededor muchos heridos, muertos y gente gritando del dolor. El ignoró todo lo que acontecía a su alrededor, se quedó mirando la ventana, sabía que algo malo le había ocurrido, pero no quería saber, se aterrorizaba por tener que enfrentar al médico quién de seguro le tenía malas noticias. Ni siquiera quería tocarse el muslo, pues quería aplazar lo más que podía el conocer qué le había pasado.

Cuando al fin llegó el médico le dio la noticia que la bala había perforado un testículo y le había rosado el muslo derecho, pero debido a la herida debió cortar el otro testículo y cauterizar. Su dolor corporal no era comparable con la aflicción que le causaba tener que retornar a Cádiz, y tener que comunicarle la noticia a su esposa, familiares y amigos.

Al retornar a Cádiz llegó a su casa, sus padres los recibieron en el puerto junto con su esposa, quienes al verlo vivo sonrieron pues ya habían llegado las nuevas de que la escuadra de José Joaquín había entrado en combate con naves enemigas. Cuando lo vieron bajar en muletas se aterraron, pero al verle con ambas piernas completas el descanso fue mayor. Por dos semanas se negó a hablar de su lesión con su esposa, se fue a la casa de su madre quién fue la que lo atendió durante ese tiempo.

 Cuando decidió contarle a su esposa, esta se aterró y lloró muchísimo, porque aún no habían podido tener descendencia. Tenían apenas un año de casados, pero la vida de marino en la armada no le permitía estar mucho tiempo en casa, pues debía partir continuamente a misiones por el mediterráneo patrullando las costas del imperio y de sus aliados.

Cuando retornó a casa luego de las dos semanas, su esposa ya no estaba, era joven y no soportó la noticia, su criada le contó que tomó todas las cosas de valor y muy a pesar de que trató de detenerla se fue. José Joaquín se derrumbó en un mueble y lloró. Al tercer día un soldado de la marina se acercó a su puerta para darle una carta. Le informaban que se acercara a una oficina para recibir la paga por sus servicios. José Joaquín era el mayor de cinco hermanos y a sus 18 años tenía ya muchos pesares en su existencia. Como soldado podía buscar una muerte honorable, pero como hijo, debía ayudar a su familia. Con lo que le pagaron en la marina, le dijo a su criada que contratara a dos mozos para que le sirvieran, allí comenzó en su propia casa el negocio de la carpintería. Al principio, comenzó fabricando sillas, junto con sus mozos fabricó siete sillas, dos de ellas quedaron defectuosas, pero logró vender las cinco restantes a buen precio, luego siguió con mesas, muebles y otro tipo de accesorios, hasta que logró contratar a personal más calificado para hacer trabajos más detallados, hasta llegar a arreglar barcos y construir casas, establos y graneros.

Luego de que sus padres murieran, y que todos sus hermanos y hermanas se casaran, un vacío en el estómago le molestaba. Había vivido mucho tiempo como el benefactor de su familia, y luego de que su último hermano se casara y tuviera su independencia se sintió solo, y necesitaba seguir haciendo algo por alguien. Por eso se le ocurrió proponerle a Antonio su hermano a ayudar a educar y criar a uno de sus nueve hijos. Sabía que la propuesta no le agradaría, pero sin embargo estaba muy dispuesto, no podía tener hijos y quería experimentar en un sobrino aquella relación más cercana a un hijo, a quién le heredaría su negocio y sus propiedades. Su labor no iba a ser fácil, José Antonio era muy especial, una vez le preguntó: Tío, ¿Por qué debo vestir de estas ropas que no me dejan jugar como los demás niños? Por regla general un niño solo dice: “No quiero vestirme así”, pero José Antonio componía toda una pregunta retórica que un padre por regla general no se detiene a rebatir, sino que simplemente lo manda a callar e impone su autoridad.

Su tío le contestaba: “José Antonio, hay ropas para trabajar, ropas para estudiar, ropas para jugar y ropas para ir a las visitas. ¿Qué nos toca hacer ahora? Vamos a hacer una visita, y conforme a la ropa que te ponéis, debéis comportaos, ¿Está claro?” Y José Antonio vencido en su argucia nada más decía: “Si tío, ya entendí”. Igual, su tío sabía que su sobrino no iba a dejar de jugar en la primera oportunidad que se le presentara, pero cuando comenzaba a inquietarse, su tío solo le recordaba: “José Antonio, mira que estamos de visita”. El único lugar donde José Joaquín no controlaba a su sobrino, era cuando iba a su casa paterna, mientras él y su hermano Antonio hablaban, el niño jugaba con sus hermanos y con su madre. El tío lo llevaba muy frecuentemente a su casa paterna, pues en ocasiones lo veía extrañando compañía, y aunque estuviera siempre con sus criadas y los mozos en su casa, José Joaquín comprendía que su sobrino a sus nueve años de edad, no le era posible olvidar de dónde venía.

 

 

 

 

 

 

 

Cuando el tío llevaba a José Antonio con su familia, normalmente llevaba juguetes y vestidos para los otros hermanos, para tratar de aminorar las diferencias económicas y que, dentro de los juegos, los niños no vieran los contrastes, pues en todo caso es más fácil vestir y alimentar a un niño que a ocho. Sin embargo, a medida que los niños iban creciendo la diferencia se iba notando por el entendimiento, pues las costumbres y algunas maneras en cuanto a la educación se iban notando entre los hermanos.

Los hermanos mayores de José Antonio, Ricardo y Alfredo, comenzaron a hacer varios comentarios que a José Antonio le incomodaban mucho, como “El niño del palacio”, “el señorito” y otros tantos, comentarios desagradables. Además, los dos hermanos se ponían de acuerdo para fastidiar a José Antonio. En una ocasión hicieron entrar a José Antonio en un patio vecino, donde sabían que había un perro muy bravo que mordía a todo extraño que ingresara en él. Cuando estuvieron adentro, ambos hermanos corrieron y saltaron la cerca al oír al perro, José Antonio ajeno a lo que ocurría no corrió y al ver esa bestia se le abalanzaba hacia su ser, tomó unas tijeras de jardín que estaban tiradas, y en un movimiento reflejo aprendido seguramente en sus clases de esgrima, milagrosamente clavó las puntas en las fauces de tan salvaje animal, quién salió despavorido chillando. José Antonio en cambio del impacto calló de espaldas en un charco de lodo con todo su atuendo blanco. Mientras tanto, Ricardo y Alfredo ya habían desaparecido de la cerca. El dueño del predio llegó al lugar donde se encontraba José Antonio incorporándose de su accidentado baño de lodo y le dijo: Por la Virgen de la Macarena ¿Qué habéis hecho? A lo que José Antonio respondió:

 

Que me he caído a ese bendito charco y me he embarrado de una manera ¡Que me van a regañar¡

Pero hijo mío, no te habéis dado cuenta que la virgen te acaba de salvar no sé cómo de Sultán¡

Pero ¿cuál Sultán? si aquí no ha aparecido ningún moro, sino un perro de lo más majadero que se le ha dado por atacarme, y de qué manera señor. Y es que todo ha sido por culpa de los bellacos de mis hermanos, que me han hecho semejante jugarreta. Pero ya me las pagarán.

Por eso mismo chaval, nadie que yo sepa había rechazado un ataque de mi perro Sultán, gracias a Virgen que estás ileso¡

Cuando José Antonio llegó a la casa de sus padres lleno de fango, sus dos hermanos se burlaron con ganas, más él no dijo nada de lo que había ocurrido. Su tío habló con el vecino, y le pidió disculpas por lo ocurrido. Mientras tanto la madre de José Antonio lo lavaba mientras que lo regañaba.

A la hora de la cena todos sentados en la mesa, José Antonio le pidió a su hermanita Ana que tirara de una cuerdita, que él había amarrado al extremo del mantel en el estaban sentados Ricardo y Alfredo. Cuando Ana jaló la cuerda, la sopa de los platos de Ricardo y Alfredo cayó en sus piernas, armándose una tremenda algarabía en el comedor.  José Antonio le pidió a su hermana que no dijera nada llevándose el dedo a su boca, mientras que su tío José Joaquín se había percatado que su protegido tenía algo que ver con ese incidente, pues el vecino le comentó que había ocurrido en aquel patio, por ello, lo miró a los ojos, le guiñó un ojo, y también guardó silencio. Ese día se inició una relación muy especial entre tío y sobrino.

Desde aquel episodio, mientras que José Antonio hacía alguna travesura, su tío hacía lo necesario para ocultarla o remediar el problema, la única condición era que José Antonio debía decirle todo lo acontecido a su tío. Así pues, no había otra autoridad para José Antonio que su tío, y a su vez este se divertía siendo el confesor, el protector y el cómplice de su sobrino.

Por el contrario, la relación entre José Antonio y su padre Antonio era complicada, pues no se entendían, o más bien, había muy malos entendidos.

En otra ocasión Antonio levantó muy temprano a las 4:30 a.m. a José Antonio para que lo ayudara a realizar un trabajo, que consistía en llevar una carga, de un sitio a otro. Para ello iban a utilizar al burro de la casa. Sin embargo, cuando estaban a punto de colocarle la carga al burro, José Antonio dejó caer una olla, que hizo que el burro se asustara, tumbara la carga y salieron huyendo del lugar. Antonio se enojó y le dijo a José Antonio que fuera a buscar al burro, y esté así lo hizo. Pero el Burro estaba nervioso y apenas que José Antonio se acercaba, el burro salía corriendo. José Antonio con sueño, de mal humor y el burro que no colaboraba, estaban generando una situación de gran tensión.

José Antonio contaba con una cuerda gruesa y un juete para tratar de poner bajo control al burro, pero el animal seguía huyendo y burlándose de él. En esas circunstancias, José Antonio apeló al juete, porque con la cuerda, el burro no se dejaba, y en efecto dio el primer juetazo, que hizo que el burro se asustara más y saliera corriendo, pero esta vez, tomó dirección de regreso a la casa, y José Antonio iba detrás con el juete guiándolo con el sonido, pues el burro no dejaba que se acercara suficiente. Cuando llegaron a la entrada de la casa, y José Antonio alcanzo al fin al burro, y le dijo, ahora sí, me las vas a pagar...  le lanzó un juetazo, pero el burro corrió antes, y el juete siguió de largo, con tan mala suerte que Antonio, su padre, que veía cómo el burro había regresado, salió de la casa para agarrarlo, y cuando el burro corrió, el juetazo de José Antonio le dio en el pecho y la barriga. Antonio solo le quedó en la mente la imagen de su hijo dándole un juetazo, y diciéndole a él y no al burro, que se la iba a pagar. ¿Quién aclaraba esa confusión?  El grito de Antonio: "Ay chaval del demonio..." y una persecución que duró más de una hora por la casa, y por fuera de la casa, hasta que José Antonio se le perdió de vista y no pudo agarrarlo, por estar exhausto. José Antonio se tuvo que refugiar una semana en la casa de su tío José Joaquín, mientras éste y la madre de José Antonio trataban de explicarle a Antonio, que todo había sido una confusión.

 

En otra ocasión, Ricardo uno de los hermanos mayores de José Antonio había hecho una travesura, y Antonio su padre, estaba pendiente de reprenderlo, pero igual, había salido corriendo, y se refugió en los tejados de la casa, mientras que su padre le gritaba que se bajara, que en algún momento tendría que llegar a la casa, y que tarde o temprano le iba a dar con la correa justiciera. Sin embargo, Ricardo no bajó, sino bien entrada la noche cuando todos en la casa estaban dormidos. Ricardo entró a la habitación donde dormían sus hermanos y cogió a José Antonio, lo cargó y lo puso en la cama donde él dormía, y él se acostó y se arropó en la cama de José Antonio. Al día siguiente, Antonio se despertó bien temprano a las 4:30, entró la habitación de sus hijos y vio que todas las camas estaban ocupadas, se soltó el cinturón y se dirigió a la cama donde dormía Ricardo y le lanzó un correazo, que obviamente recibió José Antonio, quién gritó despavorido. Todos en la habitación despertaron sobresaltados y Ricardo salió corriendo nuevamente al tejado. Y Antonio confundido solo gritó: Bellaco ahora no me debes un correazo, sino dos...  

 

Antonio trató de pedirle disculpas a José Antonio, pero de verdad que la situación entre los presentes causó más risa que lástima, y José Antonio se sintió muy enojado con su padre.

En la comida, María Lorena le pidió a José Antonio que le ayudara a servirle a su padre y a sus hermanos, y le dijo, mira hijo, está es la comida de tus hermanos, está es la comida de tu padre y esta es la comida para los perros. En efecto todos se sentaron en la mesa, menos la madre que seguía ocupada en la cocina.

Antonio se sentó a comer, y vio extraña la comida, como desagradable, pero no dijo nada. Vio a su alrededor, que todos estaban comiendo a gusto y decían que la comida estaba deliciosa. Antonio comía cada bocado con dificultad, pero trató de no quejarse, mientras que todos se saboreaban de la comida. Llegó la señora María Lorena a la mesa, y les preguntó cómo les había parecido la comida, todos decían que estaba deliciosa, pero su marido estaba muy serio, y al ver la comida, enseguida se dio cuenta qué estaba pasando.

 

María Lorena: Antonio por Dios, ¿qué haces comiendo la comida de los perros? ¡Qué bárbaro¡

Antonio: Ya decía yo, que algo raro estaba pasando, porque era la primera vez en mi vida, que te había probado una comida tan horrorosa.

María Lorena: Pero Antonio ¿Cómo se te ocurre? y ya te has comido la mitad ¿cómo has podido?

Antonio: Y se puede saber ¿Quién me ha servido en mi plato la comida de los perros?

 

 

La Madre ya sabía quién había sido, pero no quería que el padre volviera a golpear a su hijo, así que dijo: No pues quién te manda a comerte como loco cualquier cosa...

Antonio: Pero hombre uno llega a su casa, ve el plato en su puesto y uno se dispone a comer como cualquier persona normal, y no anda pensando que esa comida era para los perros.

Antonio ya iba a armar tremenda trifulca, pero su estómago lo obligó a salir corriendo del comedor al excusado, del cual no salió sino tres horas después.

 

 

 

María Lorena: José Antonio, que vas a hacer que tu padre nos mate, ¿cómo se te ocurre darle la comida de los perros a tu padre?

José Antonio: Pues mamá todo ha sido una confusión... así como el me confundió con mi hermano Ricardo hoy en la mañana...

María Lorena: Por Dios José Antonio, que eso no se hace, que esa comida no la podía comer una persona.

José Antonio: Pero mamá... por qué insistes en llamarle persona a mi papá.

María Lorena: José Antonio... cállate... y no le vayas a decir a nadie lo que hiciste, que después te van a dar tu golpe.

 


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